sábado, 25 de junio de 2011

21 líneas.




Y que me cierres la boca con un beso
Y que me duermas de un suspiro para siempre, (al oído).
Que entrelaces la mirada con mis ojos
Que fractures al silencio en el aire
Que me empapes de caricias con tu risa
Que tu voz le de muerte a mi tristeza
Que la línea de tu pecho me alimente,
Y la fuerza de mis brazos sea pretexto
Para darte desde adentro de mi mismo
La nostalgia de un precario sentimiento
Que fisure a la tierra de un latido
Y el sonido de un disparo de caricias
Te aturda sordamente en el silencio, (en el viento).
Que parezca solo un sueño increíble
Mientras pierde realidad por lo que escribe
La inocencia que desgaja perversiones
A las palabras que algún día me mentiste
Las fusila lentamente la locura
De tu eco rebotando en la ausencia
De la garganta que se seca en el intento
De dar guerra a aquel quiebre de mi aliento.

jueves, 16 de junio de 2011

Procuremos.

No contemos hasta tres sin romper el tiempo
Abstrayéndonos del mundo humano, de la piel.
No ahoguemos nuestras manos en las lágrimas
En el nudo en la garganta, en la voz.
Entendamos que mirarnos frente a frente
Es mirarnos hacia dentro, si logramos procurar
El silencio en sincronía, la sonrisa más sensata
La paridad
Así pues, rompiendo el tiempo y abstrayéndonos del mundo humano
Nuestras manos unidas podrán gritar desahogadas
Y ese nudo en la garganta por fin se quebrará
Mientras nos miramos hacia dentro y procuramos
El silencio en sincronía, la sonrisa más sensata
La libertad. 

lunes, 13 de junio de 2011

Invierno.

En invierno te percibo especialmente dulce. Serena y apacible, como si de alguna manera la traslación de la tierra te empapara con un brillo exorbitante.
Habíamos dejado pasar unos cuantos días, una distancia razonable.
El constante goteo de palabras tibias no alcanzó para convencer a tu llanto de que plante bandera en  tu pecho, y así fue como empezó todo.
Podía notar como se iban ruborizando tus mejillas, de a poco, como quien no quiere la cosa.
Las lágrimas te cubrían hasta los labios y el dolor brotaba de tus poros, de la punta de tus dedos.
Atónito, seco, no supe que decir. Nada de lo que dijese iba a saciarte, ni un sórdido abrazo o un hálito de motivación.
En fin, opté por asumirte como una página atrás, de esas que quedan (o deben de alguna manera quedar) en el olvido más profundo, e inexorablemente me prometí enterrarte en lo más recóndito de mi memoria. Sí, bien profundo.
Recibí tus llamados, esos en los que te preguntas y te respondes sola, mientras envolves al aire con gritos de garganta quebradiza, y acabas por mutilar cualquier pedacito de calma que haya entre los dos.
Me llegaron también tus cartas (algo poco habitual, ya que siempre detestaste todo ese papeleo) en las que era fácil imaginarte escribiendo, dejando caer tu odio en el papel,  y alguna que otra lágrima, para movilizarme.
A veces tu obviedad termina por cegarte, quiero que lo sepas.
En esas histriónicas recaídas de tinta y papel me nombrabas  las plazas, las tardes, las lluvias, y hacías alusión a cómo nos partíamos a besos cada vez que nos teníamos cerca.
Conozco bien tus condiciones y jugadas, esas que terminan por revolcarte en el suelo sin más remedio que acudir a mi espalda, y es increíblemente tediosa, la obsesiva regla que rige en vos; rehusarte, evadirte, necesitarme…
Y cuando esa evasión ficticia esta arrastrándose pobremente, tensando el brazo para acometer contra mí, en ese momento, es cuando me miras traspapelando tus pupilas contra las mías, respirando un aire, un suspiro adormecedor, lleno de palabras calladas y de un efímero llanto que se desliza dulcemente sobre mi boca.
Pensé en el horizonte. En un sol, un camino, el verde a los costados, una brisa perfumada por Amapolas y el silencio absoluto; mi grito de libertad.
Sería esa, la escapatoria, la única paliativa a sostener ese juego tan doloroso, tan tuyo, ese que planeas sin mucha minuciosidad, sabiendo que caigo de boca en él sólo mirándote derrochar lágrimas y detonar en gritos.
Calculé con precisión matemática todos los pasos a dar, dibujando ese sol y esa brisa tan deseada, pintando las Amapolas que empapelan al aire con su perfume…
No era suficiente, no alcanzaba.
Esa mirada dolía más, me aletargaba fácilmente y me devolvía de un golpe en el pecho a vos, a tu cuerpo y a tu sed de mí, esa locura injustificada de querer tenerme y resurgir, para así sentirnos una vez más y eso es bastante cálido, porque hace tiempo que no te siento como antes.
Pese a ese vuelco fantástico, luchaba contra la debilidad de tu presencia, y casi inconcientemente me dejé llevar, como si algo o alguien me tomara de la mano y me arrastrara hacia el comienzo, mientras de forma austera me negaba a retornar.
Aunque finalmente cedí y tu cuello me llamaba, me reclamaba con odio.
Y así tu juego ganaba de a poco, desgarrándome los oídos con palabras de un filo letal.
Pero es sólo por esta vez, y olvidando todo ese despliegue innecesario, olvidando que  socavaste con dolor en mi pecho y me pusiste entre tu llanto y la pared, cruelmente, y con infinita devoción.
Me quiebro de rodillas una vez más porque es invierno, y porque por sobre todas esas cosas, te quiero.  

jueves, 9 de junio de 2011

Feuilles.


Al final, los días se pueblan de una fragancia particular y un sabor extrañamente conocido, por el transcurso de las horas y las miradas, y las palabras con sus tonos y sus motivos.
Peligrosamente se desliza por el aire una gota incolora de agua con mis ojos dibujados dentro suyo, y en la lluvia de la mañana de seda, que convierte a mis palabras en una ruta de nuevo hacia mí, nace un nuevo día, expuesto a la dolorosa metamorfosis al llanto cotidiano.
Por eso es que espero con una paciencia de cristal, el seco y abrumador sonido de la puerta, el acelerado paso de quien muere por mutilar algún segundo previo a la paz absoluta, el tambaleante anochecer que se asoma por la ventana en la cual, horas atrás, bailaban las Amapolas, y sus bichitos, sobre alguna que otra corriente de aire con sabor a mañanas entre sábanas y vos. Porque cada despertar que contempla nuestra ventana es así, es un incesante forcejeo entre lo austero y lo letal, entre ser el desertor máximo de tus piernas y entregarme entero a la crueldad de la rutina, mordiéndome los labios, cerrando con violencia los puños, soportando cada hora, para de nuevo encontrarme oyendo el sonido de la puerta, de mis pasos ahogados en el silencio, irrumpiendo en la calma de la última habitación hacia vos, por ver caer a la noche sobre nosotros, como la muerte de todo ese transcurso tajante, que me hace dibujarte en la mañana, en la calma absoluta de la ventana, las Amapolas, los bichitos, las sábanas, tus piernas…
Para así, de nuevo comenzar.

Exteriorizar.

Me es necesario, por un minuto auque solo fuera

Recostarme sobre tus parpados, y que al cerrarlos me acunes

Bordear ciego la curva de tu cuello, repasando las caricias

Colgarme de los labios que sonríen y se extienden, te expiden.

Así quizás logre exonerarme de la carga que me apresa

Verte desde lo invisible, no existir, suicidarme dentro tuyo

Y ser sólo subconsciente, que me sueñes, y al otro día es otro día

Y ya no existo, soy herrumbre, un polvo sobre el suelo, nada más

Perseverar desde el silencio, verte sin que me vieras, tan cerca

Porque sólo así, dejarías de partirme en lágrimas,

Y al volcarme sobre tu piel que se olvida de mí, quien sonría voy a ser yo

Porque te tengo como nadie, porque te tengo siendo nadie

Nadie para vos, porque no me ves, si no te despedís del sueño

De donde sólo una fuerza divina puede liberarme, eso, o yo mismo.

Y por favor, guarda las razones para que me arranque de vos, por última vez

Y de que se suiciden las ganas de no ser sueño ni mano que te toque

Porque es la última manera que encuentro de estar al lado tuyo

Es mirarte desde adentro, sólo desde adentro.

Nada más.

martes, 7 de junio de 2011

En el fondo de tu voz.

Decirte que te quiero es abrirme el pecho en dos,

explotar de repente y que vuelen las golondrinas,

esas que anidan en tu boca y atraviesan mi garganta

cuando enlazas tus fauces con mi cuello sorprendido.

Porque al beso más certero lo acunan tus dos labios

y es el beso que concluye con la sequía destructora.

Entonces decirte que te quiero no es más que devolverte un pedacito

de golondrina, de beso sedante, de sincronía reiterada.

Es pagarte con tu espejo, alimentándome de vos,

regalándote más que ese “te quiero” al oído.

Cuando ni eso basta para alumbrar el vuelo tan deseado

de las golondrinas que esquivan tu garganta,

se enredan en tu pelo, te cierran los ojos,

te despiden hasta el suelo y te desvisten con sus alas.

Y me obligan a respirarte más que ese “te quiero” al oído.

Y me lanzan a tu cuerpo y me libran a tu suerte,

a detonarme dentro tuyo, a gritarte lo que siento.

sábado, 4 de junio de 2011

Velarte.

Eras un punto brillante en la oscuridad.

El latido callado por el tiempo, hiriendote fugazmente y llevandose a lo más preciado que encontraba en vos.

Eras un perfil pintado con oleos pálidos, una priavera floreciendo en la noche, la brisa sedante en la amarga madrugada de un Agosto de labios quebradizos y un rocío mortificante, los dos, antecediendo a un final dantesco de una noche inimaginable.

Así te veías, así te veía y así te ibas cerrando al igual que mis ojos frente a tu innmovil presencia.

De repente te empezaste a acercar rompiendo las cadenas de la distancia, asfixiando al ambiente, ahogando al aire con tus pasos, y perfumando levemente la tranquilidad que vos misma generabas.

Me miras a los ojos, esta vez más cerca que antes. Obligas a tu mirada a descender hasta mi boca, seca por la ausencia de palabras. Volves a clavarme de lleno la lanza de tu vista en mis pupilas mienstras lentamente abris el palacio de tu boca, de tus labios como puertas con candado. Robas unos segundos de oxígeno para llenar alquel pecho en el que alguna vez me dejé vencer ante el sueño y la tranquilidad. Razonas, repasas una frase ya ensayada y mutilas al silencio envolvente soltando un sentimiento sincrónico al movimiento de tus labios, parafraseando al autor de tus tragedias. Estampas tus palabras en mi entendimiento, justo cuando un manojo de mariposas entran en mi estomago, lanzadas por el más hermoso destello de magia, creando una fantasía inimaginable cual cuento de hadas, dandome lugar a abrir los ojos, entrelazar los brazos hacia tu inconmovible figura, oprimiendo el aire solitario que se escapa de mis movimientos, y lanzandome por todo su esplendor, cayendo en la cuenta de que tu cajón espera por cerrarse para descender al inicio del suelo que pisamos, el silencio mortuorio del descanso infinito.

miércoles, 1 de junio de 2011

Anabella.

Te pedí tus ojos, que los claves en mí por unos segundos, y que sólo existan dos cuerpos, el tuyo y el mío, y si nos devorábamos con la mirada, de todo eso surgiría algo hermoso.

Te pedí el aire, que lo respires de mí, y me devuelvas al suelo, me escupas de nuevo hacia lo que soy.

Era de noche, y era natural estar desnudos, pero de mí, nada pude esperar más que la devoción absoluta.

Entonces te arranqué del aire con furia, te entrelacé, te asfixié contra mi pecho y te dejé ir, como si por un momento que se escapa de mis manos, al vernos tan de cerca y tan pegados decidiéramos desplomarnos juntos, desfallecer.

Pero sólo vos caíste cuesta abajo, te derrumbaste frente a mí, sola, sin darme tiempo a acompañarte y ahí fue cuando me ví sobre vos, me resultaste algo tierna, mientras dejabas que tu cuerpo se derritiera rogando misericordia, rayando lo apaciblemente absurdo, dejando que la dignidad se escapara por tus poros y tus dedos, para finalmente convertirte en este relato, nada más que un recuerdo ya borroso de la última noche compartida.

Ahora nada queda de tu incólume figurita, logré reducirte a unas líneas indecisas que serán olvidadas en cuanto de vuelta la página y vuelva a empezar.

Caíste muy rápido, sonaste muy fuerte, lo lamento y buena suerte.


5 años.

Increíblemente nos tornamos vulnerables.

Al perfume de las rosas, a las caricias,

A todo lo verdaderamente agradable, lo simple.

Nos tomamos a nosotros mismos suavemente,

Como intentando atrapar una luz en el viento.

Nos empollamos, nos damos el calor necesario.

Todo con nuestras manos, y nos guardamos ahí.

Impidiéndole al tiempo que nos deje salir,

Mientras las siluetas corren libres y fugaces.

Violentas, como un río que cae en picada al vacío.

Ignorando nuestro lugar, el aire que respiramos.

Y caemos al asfalto, el tedioso letargo cotidiano.

Y nos choca, y nos duele tanto frío, tanta crudeza.

Tanta sangre sin sonrisa, tantos papeles mezclados.

Y desconocemos que pertenecemos a todos ellos.

No queremos entenderlo, nos evadimos lentamente.

Para finalmente volver a nuestra mano, tibia.

Para volver a sentir la dulzura de la rosa, la caricia.

La simpleza de la inocencia, de la ternura.

A ignorar al sudor frío, la garganta anudada.

A plantearle al mundo una sonrisa pensada eterna.

Volvemos a los juegos sin sentido.

Volvemos a ser niños otra vez.

En el andén.

Y al golpearme de lleno en la cara

El viento se deshizo en la rompiente de mi pecho.

Algo similar sugería el toparte entre los cuerpos

Tan distintos, todos tan disgregados.

Como si los nervios me desparramaran por el suelo

Y como si mis venas se poblaran de agujas,

La marcha, constante y progresiva, la rigidez me tomaba por la espalda

En ese momento la estación del subte era hielo.

Y el hielo en la frente era agua

Tu cuello entre mis manos era oro

Tu tiempo en mis ojos era inicuo, efímero

Y ni la más pura gota de agua saciaba la sed

De beberte entera, y quebrarte el aliento

Cuando el abrazo más heroico no basta

Para sentirte cerca, quizá por última vez

Y para al fin creer que valió la pena,

Cruzarte de casualidad, de nuevo en el andén.

16:50

Lo recuerdo muy bien. Fue justo cuando esa cucharita que posaba al filo del escritorio, al lado de la taza de te, se cayó al suelo rebotando unas 3 veces, inundando el aire de su sonido agudo de cerámica y metal.
Recordé esa secuencia, de tardes con gusto a té con galletitas.
Siempre nos olvidábamos algo en la cocina, y era una batalla silenciosa, dialogada mudamente con la mirada por quien tenía la gentileza, la cortesía de ir a buscar el azúcar, olvidada en la mesada.
Lo tenia estudiado; ponías tres de azúcar, revolvías el té, muy caliente como te gustaba, por cierto, me mirabas y me hablabas (porque seguramente a esa altura algo te habría dicho), agarrabas una galletita, le colocabas los dedos justo a la mitad,la apoyabas contra la mesa ejerciendo la presión suficiente para no desparramar migas por todos lados y así empezabas tu merienda conmigo.
Quizá sea la nostalgia de una habitación tan llena de ausencia, o el eco que genero la cucharita contra el piso, pero recordé que sigo recordando.
La desesperación de alcanzar la última cuadra hasta tu casa, tocar el timbre sin timidez pero con discreción. El olor a no sé que perfume usabas, los labios un poco hinchados de horas jugando a mordernos, la sonrisa que esbozabas al mirarme a los ojos, los dibujos que imaginaba que te hacia en la espalda usando los dedos de lapicera, y las caricias de tinta, eso que te quería contar que me pasó ayer pero siempre me olvidaba, llamarte media hora despues de llegar a casa para contártelo, la adicción a tu boca cuando estaba quieta, las típicas mariposas en el estomago, la proyección del futuro, la sincronía de un sueño que hoy recuerdo, porque acabo de despertar.

Me gusta lo que hace...

Me gusta lo que hace, cómo lo hace, lo que dice y lo que le cuesta decir…¡como me gusta cuando le cuesta decir algo!.
Tiene unos ojos que parecen hablar, penetrantes. Y su sonrisa… no se cuál de todas sus sonrisas me atrapa más, pero cada vez que su boca se extiende, mudamente dice algo que me cuesta descifrar, pero es tan linda la incertidumbre cuando se trata de ella, ella y su boca.

Here comes.

Si alguien me encuentra a la orilla de la noche

Con los hombros empapados de una sombra envolvente

Que ejecute el grito más desenfrenado

Que taladre con la garganta éste pecho

Que asfixie lo poco que queda del humilde aire

Y se proclame vencedor de una historia inacabada

Del camino inconcluso, la nota desafinada

Del vaso medio vacío, del quiebre repentino

Y así tendrá el valor suficiente

Para ocultar al sol con una sola mano

Para desterrar a todas las flores en una sola primavera.

17

Si pudiera salvarte del abismo

De la tierra reseca que cae muda al vacío

No lo haría mi amor, no sería capaz

Porque ese desvanecimiento al filo de la caída

Esa cuerda floja que pisas mientras caminas

Hacia mí, como si fuera un oasis

Es la caricia sedante y mutua

La que nos arrancará de la tierra como raíces secas

Y nos obligará a abrirnos en pleno vuelo,

Con el pecho antepuesto al alma misma

Para enarcarnos envueltos en alguna nube

Porque así de alto estamos volando, aunque no parezca

Con la única voluntad compartida

De fundirnos hasta quién sabe cuando

Mientras la fantasía se resume en una tarde en el pasto

Dibujando corazones de vapor en lo alto

Y encontrando un único pedazo de tierra

Un único refugio natural

Donde rendirnos quebrando las piernas primaba ante todo

Para enviarnos al vacío, extendiendo los brazos

Para enlazarnos un poco más

Veritas.

Sí, te pensé antes de dormirme, les mostré a mis amigos tu foto.

Imaginé cada momento, pasado y por venir, recreé miradas en el silencio, me mire la mano donde dormía tu letra, dibujé alguna excusa para que volver a verte no sea tan obvio.

Me di vuelta para ver si me mirabas, comprobé que no y me pregunté si hacías lo mismo, pero con orgullo, como planteando un juego donde buscarte era la consigna primera.

Me quedé mirándote al fin, entonces ganaste.

Ensayé movimientos y frases, las olvidé al verte a la cara.

Me resigné a la caída de buscarte, cuando las palabras se asfixiaron y corrieron, soltando al aire las posibles consecuencias.

Me convertí en una pincelada sobre la tela, revoltosa, inquieta, eléctrica.

Todo por sentir que ayer no fue una mera casualidad, y que es otro día y te acordás de mí, y yo me acuerdo de vos, y me pregunto por que fuiste vos, entre tantas bocas abiertas.

La respuesta está ahora en su cama de madera, envuelta en el calor del sueño, empapándose sonriente sin siquiera saber que estas manos la escriben y estos ojos la pintan en el aire, cuando se cierran para intentar introducirse en su sueño y así romper con otra barrera, así besarla sin labios de carne y tocarla sin manos tangibles…todo con la dulce simpleza de la espera de un sol que se pondrá y se traslucirá hasta clavarse en la sien, y así ir a buscarla, porque me responde su pelo, me responden sus ojos, me responde la tarde, la espera, el desenfreno.

Sí, te pensé antes de dormirme, les mostré a mis amigos tu foto.

Quizá puedas entenderme, no sé.

Quizá puedas entenderme, no sé.

Mi único temor es el temor al vuelco inesperado, un tiroteo de la razón y páf!, las rotativas en marcha comienzan a cambiar el rumbo, los engranajes frenan violentos y emprenden dura y forzadamente su marcha hacia atrás, como si todo estuviera premeditado.

Por eso la distancia conciente es el mejor intervalo que nos podemos regalar, máxime, teniendo tan presente lo prematuro que es todo.

Vos tan viva, pintando al aire paso a paso, imprimiendo levemente pequeñas caricias sobre esta boca, que se muerde a sí misma por callar lo que está pronto a florecer, lo que está en el pecho y hace fuerza.

Yo, tan temeroso, clavándome las uñas en la palma de la mano como si eso lograra de alguna forma canalizar ese revuelo interno, mientras te dibujo dentro mío como un calco de mis sentimientos.

Por eso propongo un juego.

Vos estás en un rincón y yo en otro, bastante lejos, con una línea imaginaria trazada en el medio del suelo, dividiéndonos.

Cada paso en falso va a ser violar la distancia, hasta llegar al otro…unas tres baldosas por minuto, violarlas va a ser un amparo al vuelco, y así contribuiremos a la caída.

Opuestamente, respetar esos punzantes minutos de devoción muda va a hacer que lleguemos al otro con pura delicadeza y así el vuelco será derrotado, para al fin devorarnos con una respiración agitada digna de un encuentro cercano, burlando a esos metros que nos separaban.

Así pues, mi amor, va a ser edificante tenernos cerca y empezar a nacer juntos, como dos lianas enredadas entre sí, (¿y qué hermosas que son, verdad?) tan vigorosas, y alegres, como si todo dependiera de la única fuerza engendrada por los abrazos y las caricias…

Mientras suavemente y casi sin hacérmelo notar me arrancas del fallecimiento, del desamparo, de haber pasado tantas tardes sin saber que ahí estabas, y justo ahora te vengo a ver.