miércoles, 1 de junio de 2011

16:50

Lo recuerdo muy bien. Fue justo cuando esa cucharita que posaba al filo del escritorio, al lado de la taza de te, se cayó al suelo rebotando unas 3 veces, inundando el aire de su sonido agudo de cerámica y metal.
Recordé esa secuencia, de tardes con gusto a té con galletitas.
Siempre nos olvidábamos algo en la cocina, y era una batalla silenciosa, dialogada mudamente con la mirada por quien tenía la gentileza, la cortesía de ir a buscar el azúcar, olvidada en la mesada.
Lo tenia estudiado; ponías tres de azúcar, revolvías el té, muy caliente como te gustaba, por cierto, me mirabas y me hablabas (porque seguramente a esa altura algo te habría dicho), agarrabas una galletita, le colocabas los dedos justo a la mitad,la apoyabas contra la mesa ejerciendo la presión suficiente para no desparramar migas por todos lados y así empezabas tu merienda conmigo.
Quizá sea la nostalgia de una habitación tan llena de ausencia, o el eco que genero la cucharita contra el piso, pero recordé que sigo recordando.
La desesperación de alcanzar la última cuadra hasta tu casa, tocar el timbre sin timidez pero con discreción. El olor a no sé que perfume usabas, los labios un poco hinchados de horas jugando a mordernos, la sonrisa que esbozabas al mirarme a los ojos, los dibujos que imaginaba que te hacia en la espalda usando los dedos de lapicera, y las caricias de tinta, eso que te quería contar que me pasó ayer pero siempre me olvidaba, llamarte media hora despues de llegar a casa para contártelo, la adicción a tu boca cuando estaba quieta, las típicas mariposas en el estomago, la proyección del futuro, la sincronía de un sueño que hoy recuerdo, porque acabo de despertar.

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