miércoles, 1 de junio de 2011

5 años.

Increíblemente nos tornamos vulnerables.

Al perfume de las rosas, a las caricias,

A todo lo verdaderamente agradable, lo simple.

Nos tomamos a nosotros mismos suavemente,

Como intentando atrapar una luz en el viento.

Nos empollamos, nos damos el calor necesario.

Todo con nuestras manos, y nos guardamos ahí.

Impidiéndole al tiempo que nos deje salir,

Mientras las siluetas corren libres y fugaces.

Violentas, como un río que cae en picada al vacío.

Ignorando nuestro lugar, el aire que respiramos.

Y caemos al asfalto, el tedioso letargo cotidiano.

Y nos choca, y nos duele tanto frío, tanta crudeza.

Tanta sangre sin sonrisa, tantos papeles mezclados.

Y desconocemos que pertenecemos a todos ellos.

No queremos entenderlo, nos evadimos lentamente.

Para finalmente volver a nuestra mano, tibia.

Para volver a sentir la dulzura de la rosa, la caricia.

La simpleza de la inocencia, de la ternura.

A ignorar al sudor frío, la garganta anudada.

A plantearle al mundo una sonrisa pensada eterna.

Volvemos a los juegos sin sentido.

Volvemos a ser niños otra vez.

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