miércoles, 1 de junio de 2011

Anabella.

Te pedí tus ojos, que los claves en mí por unos segundos, y que sólo existan dos cuerpos, el tuyo y el mío, y si nos devorábamos con la mirada, de todo eso surgiría algo hermoso.

Te pedí el aire, que lo respires de mí, y me devuelvas al suelo, me escupas de nuevo hacia lo que soy.

Era de noche, y era natural estar desnudos, pero de mí, nada pude esperar más que la devoción absoluta.

Entonces te arranqué del aire con furia, te entrelacé, te asfixié contra mi pecho y te dejé ir, como si por un momento que se escapa de mis manos, al vernos tan de cerca y tan pegados decidiéramos desplomarnos juntos, desfallecer.

Pero sólo vos caíste cuesta abajo, te derrumbaste frente a mí, sola, sin darme tiempo a acompañarte y ahí fue cuando me ví sobre vos, me resultaste algo tierna, mientras dejabas que tu cuerpo se derritiera rogando misericordia, rayando lo apaciblemente absurdo, dejando que la dignidad se escapara por tus poros y tus dedos, para finalmente convertirte en este relato, nada más que un recuerdo ya borroso de la última noche compartida.

Ahora nada queda de tu incólume figurita, logré reducirte a unas líneas indecisas que serán olvidadas en cuanto de vuelta la página y vuelva a empezar.

Caíste muy rápido, sonaste muy fuerte, lo lamento y buena suerte.


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