martes, 7 de junio de 2011

En el fondo de tu voz.

Decirte que te quiero es abrirme el pecho en dos,

explotar de repente y que vuelen las golondrinas,

esas que anidan en tu boca y atraviesan mi garganta

cuando enlazas tus fauces con mi cuello sorprendido.

Porque al beso más certero lo acunan tus dos labios

y es el beso que concluye con la sequía destructora.

Entonces decirte que te quiero no es más que devolverte un pedacito

de golondrina, de beso sedante, de sincronía reiterada.

Es pagarte con tu espejo, alimentándome de vos,

regalándote más que ese “te quiero” al oído.

Cuando ni eso basta para alumbrar el vuelo tan deseado

de las golondrinas que esquivan tu garganta,

se enredan en tu pelo, te cierran los ojos,

te despiden hasta el suelo y te desvisten con sus alas.

Y me obligan a respirarte más que ese “te quiero” al oído.

Y me lanzan a tu cuerpo y me libran a tu suerte,

a detonarme dentro tuyo, a gritarte lo que siento.

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