jueves, 9 de junio de 2011

Feuilles.


Al final, los días se pueblan de una fragancia particular y un sabor extrañamente conocido, por el transcurso de las horas y las miradas, y las palabras con sus tonos y sus motivos.
Peligrosamente se desliza por el aire una gota incolora de agua con mis ojos dibujados dentro suyo, y en la lluvia de la mañana de seda, que convierte a mis palabras en una ruta de nuevo hacia mí, nace un nuevo día, expuesto a la dolorosa metamorfosis al llanto cotidiano.
Por eso es que espero con una paciencia de cristal, el seco y abrumador sonido de la puerta, el acelerado paso de quien muere por mutilar algún segundo previo a la paz absoluta, el tambaleante anochecer que se asoma por la ventana en la cual, horas atrás, bailaban las Amapolas, y sus bichitos, sobre alguna que otra corriente de aire con sabor a mañanas entre sábanas y vos. Porque cada despertar que contempla nuestra ventana es así, es un incesante forcejeo entre lo austero y lo letal, entre ser el desertor máximo de tus piernas y entregarme entero a la crueldad de la rutina, mordiéndome los labios, cerrando con violencia los puños, soportando cada hora, para de nuevo encontrarme oyendo el sonido de la puerta, de mis pasos ahogados en el silencio, irrumpiendo en la calma de la última habitación hacia vos, por ver caer a la noche sobre nosotros, como la muerte de todo ese transcurso tajante, que me hace dibujarte en la mañana, en la calma absoluta de la ventana, las Amapolas, los bichitos, las sábanas, tus piernas…
Para así, de nuevo comenzar.

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