lunes, 13 de junio de 2011

Invierno.

En invierno te percibo especialmente dulce. Serena y apacible, como si de alguna manera la traslación de la tierra te empapara con un brillo exorbitante.
Habíamos dejado pasar unos cuantos días, una distancia razonable.
El constante goteo de palabras tibias no alcanzó para convencer a tu llanto de que plante bandera en  tu pecho, y así fue como empezó todo.
Podía notar como se iban ruborizando tus mejillas, de a poco, como quien no quiere la cosa.
Las lágrimas te cubrían hasta los labios y el dolor brotaba de tus poros, de la punta de tus dedos.
Atónito, seco, no supe que decir. Nada de lo que dijese iba a saciarte, ni un sórdido abrazo o un hálito de motivación.
En fin, opté por asumirte como una página atrás, de esas que quedan (o deben de alguna manera quedar) en el olvido más profundo, e inexorablemente me prometí enterrarte en lo más recóndito de mi memoria. Sí, bien profundo.
Recibí tus llamados, esos en los que te preguntas y te respondes sola, mientras envolves al aire con gritos de garganta quebradiza, y acabas por mutilar cualquier pedacito de calma que haya entre los dos.
Me llegaron también tus cartas (algo poco habitual, ya que siempre detestaste todo ese papeleo) en las que era fácil imaginarte escribiendo, dejando caer tu odio en el papel,  y alguna que otra lágrima, para movilizarme.
A veces tu obviedad termina por cegarte, quiero que lo sepas.
En esas histriónicas recaídas de tinta y papel me nombrabas  las plazas, las tardes, las lluvias, y hacías alusión a cómo nos partíamos a besos cada vez que nos teníamos cerca.
Conozco bien tus condiciones y jugadas, esas que terminan por revolcarte en el suelo sin más remedio que acudir a mi espalda, y es increíblemente tediosa, la obsesiva regla que rige en vos; rehusarte, evadirte, necesitarme…
Y cuando esa evasión ficticia esta arrastrándose pobremente, tensando el brazo para acometer contra mí, en ese momento, es cuando me miras traspapelando tus pupilas contra las mías, respirando un aire, un suspiro adormecedor, lleno de palabras calladas y de un efímero llanto que se desliza dulcemente sobre mi boca.
Pensé en el horizonte. En un sol, un camino, el verde a los costados, una brisa perfumada por Amapolas y el silencio absoluto; mi grito de libertad.
Sería esa, la escapatoria, la única paliativa a sostener ese juego tan doloroso, tan tuyo, ese que planeas sin mucha minuciosidad, sabiendo que caigo de boca en él sólo mirándote derrochar lágrimas y detonar en gritos.
Calculé con precisión matemática todos los pasos a dar, dibujando ese sol y esa brisa tan deseada, pintando las Amapolas que empapelan al aire con su perfume…
No era suficiente, no alcanzaba.
Esa mirada dolía más, me aletargaba fácilmente y me devolvía de un golpe en el pecho a vos, a tu cuerpo y a tu sed de mí, esa locura injustificada de querer tenerme y resurgir, para así sentirnos una vez más y eso es bastante cálido, porque hace tiempo que no te siento como antes.
Pese a ese vuelco fantástico, luchaba contra la debilidad de tu presencia, y casi inconcientemente me dejé llevar, como si algo o alguien me tomara de la mano y me arrastrara hacia el comienzo, mientras de forma austera me negaba a retornar.
Aunque finalmente cedí y tu cuello me llamaba, me reclamaba con odio.
Y así tu juego ganaba de a poco, desgarrándome los oídos con palabras de un filo letal.
Pero es sólo por esta vez, y olvidando todo ese despliegue innecesario, olvidando que  socavaste con dolor en mi pecho y me pusiste entre tu llanto y la pared, cruelmente, y con infinita devoción.
Me quiebro de rodillas una vez más porque es invierno, y porque por sobre todas esas cosas, te quiero.  

3 comentarios: