miércoles, 1 de junio de 2011

Quizá puedas entenderme, no sé.

Quizá puedas entenderme, no sé.

Mi único temor es el temor al vuelco inesperado, un tiroteo de la razón y páf!, las rotativas en marcha comienzan a cambiar el rumbo, los engranajes frenan violentos y emprenden dura y forzadamente su marcha hacia atrás, como si todo estuviera premeditado.

Por eso la distancia conciente es el mejor intervalo que nos podemos regalar, máxime, teniendo tan presente lo prematuro que es todo.

Vos tan viva, pintando al aire paso a paso, imprimiendo levemente pequeñas caricias sobre esta boca, que se muerde a sí misma por callar lo que está pronto a florecer, lo que está en el pecho y hace fuerza.

Yo, tan temeroso, clavándome las uñas en la palma de la mano como si eso lograra de alguna forma canalizar ese revuelo interno, mientras te dibujo dentro mío como un calco de mis sentimientos.

Por eso propongo un juego.

Vos estás en un rincón y yo en otro, bastante lejos, con una línea imaginaria trazada en el medio del suelo, dividiéndonos.

Cada paso en falso va a ser violar la distancia, hasta llegar al otro…unas tres baldosas por minuto, violarlas va a ser un amparo al vuelco, y así contribuiremos a la caída.

Opuestamente, respetar esos punzantes minutos de devoción muda va a hacer que lleguemos al otro con pura delicadeza y así el vuelco será derrotado, para al fin devorarnos con una respiración agitada digna de un encuentro cercano, burlando a esos metros que nos separaban.

Así pues, mi amor, va a ser edificante tenernos cerca y empezar a nacer juntos, como dos lianas enredadas entre sí, (¿y qué hermosas que son, verdad?) tan vigorosas, y alegres, como si todo dependiera de la única fuerza engendrada por los abrazos y las caricias…

Mientras suavemente y casi sin hacérmelo notar me arrancas del fallecimiento, del desamparo, de haber pasado tantas tardes sin saber que ahí estabas, y justo ahora te vengo a ver.

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