sábado, 4 de junio de 2011

Velarte.

Eras un punto brillante en la oscuridad.

El latido callado por el tiempo, hiriendote fugazmente y llevandose a lo más preciado que encontraba en vos.

Eras un perfil pintado con oleos pálidos, una priavera floreciendo en la noche, la brisa sedante en la amarga madrugada de un Agosto de labios quebradizos y un rocío mortificante, los dos, antecediendo a un final dantesco de una noche inimaginable.

Así te veías, así te veía y así te ibas cerrando al igual que mis ojos frente a tu innmovil presencia.

De repente te empezaste a acercar rompiendo las cadenas de la distancia, asfixiando al ambiente, ahogando al aire con tus pasos, y perfumando levemente la tranquilidad que vos misma generabas.

Me miras a los ojos, esta vez más cerca que antes. Obligas a tu mirada a descender hasta mi boca, seca por la ausencia de palabras. Volves a clavarme de lleno la lanza de tu vista en mis pupilas mienstras lentamente abris el palacio de tu boca, de tus labios como puertas con candado. Robas unos segundos de oxígeno para llenar alquel pecho en el que alguna vez me dejé vencer ante el sueño y la tranquilidad. Razonas, repasas una frase ya ensayada y mutilas al silencio envolvente soltando un sentimiento sincrónico al movimiento de tus labios, parafraseando al autor de tus tragedias. Estampas tus palabras en mi entendimiento, justo cuando un manojo de mariposas entran en mi estomago, lanzadas por el más hermoso destello de magia, creando una fantasía inimaginable cual cuento de hadas, dandome lugar a abrir los ojos, entrelazar los brazos hacia tu inconmovible figura, oprimiendo el aire solitario que se escapa de mis movimientos, y lanzandome por todo su esplendor, cayendo en la cuenta de que tu cajón espera por cerrarse para descender al inicio del suelo que pisamos, el silencio mortuorio del descanso infinito.

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