miércoles, 27 de julio de 2011

Llueve.

La noche húmedamente tibia, aprieta sus dientes hasta hundirse en sí misma.
Llueve, y el único remedio más dulce que la decadencia es precipitarme en las sábanas y su oleaje, buscarte donde te reinvente con otro aroma, donde quizás el rocío deshecho me acaricie la boca, mientras me pego al piso, me aferro con todas las garras al piso que tampoco es real, quedándome con tan poca cabeza para seguir a tu diálogo subconciente y al final creerlo ingenuamente, creer que estás conmigo y no estás en Buenos Aires, con tu misma voz (ahora lejana) y tu mismo pelo, con tu mismo temperamento y con tu ternura poco inocente y tu reloj de las siete de la mañana que espera al cumplimiento de su tarea para así ser el primero en verte y sentirte, qué envidia.
Nos une el silencio, la distancia. 
Nos une el amor.

martes, 12 de julio de 2011

Sobre el filo de sus párpados

Sobre el filo de sus párpados
Descansan mis palabras
Duermen como mecidas por el viento
Acurrucadas, próximas a caer sobre mi boca
La que devora impúdica y risiblemente al espacio
A la abstracción total del mundo, al extravío de las miradas
Mientras robo segundos de oxigeno para profanar la indemne esfinge inamovible
Sus pupilas están remachadas en mí, y es la ocasión perfecta para no derrumbarlo todo
Pero abro la boca y expido banalidad, lo que siempre detesté.
La desprecio ciegamente, regurgito en su mirada
Para nunca aprender, aprender a darle todo. 

jueves, 7 de julio de 2011

6 cuadras y media. (pte 1)



Qué contarle de vos al mundo más que la neblina de un recuerdo.
Está claro, más de una vez quise arrancarme y transformarme en retazos de tiempo, tiempo que viaja hacia atrás, algunas horas al menos, hasta caer en ese calor de habitación convulsionada por las voces de horas y horas, la música de fondo, como si la hubiéramos olvidado de repente, y los juegos, aquellos los cuales nos hubieran resultado graciosos al verlos desde afuera, divertirnos con tan poco, con andá a saber que palabra inventada o distorsionada que para nosotros significaba el paraíso, la pura abstracción a la nada compartida, un agujero en el aire, un apodo, una caricia tímida.
Habías llegado a las diez de la noche, un poquito más, creo, y desde ese momento el tiempo pasó desapercibido.
Fuimos directo a mi habitación, en el resto de la casa hacía frío y afuera ni te cuento.
Se podía escuchar algún que otro ruido de la calle y era lógico, porque la noche recién comenzaba a dar los primeros pasos.
Venías hacia mí formando un eclipse con tu hombro superpuesto a alguna luz, te tenía bastante cerca y arremetiéndote de a poco hacia mi figura congelada, atónita por el momento, por la poca lucidez que sugería sentirte tan cerca, por momentos intocable, por momentos a completa disposición de mis manos.
Qué ganas de ser inocente, pensaba, de que me acunes sin cuidado, sin estar atentos a la confusión, a tocar al sentimiento, que ganas de no haber tenido nada que ver con vos, de conocerte esa noche siendo sólo un nene o por qué no un gatito, me hubieras acariciado y tocado sin recatos.
Pero no, abría los ojos y volvía a ser yo, a tener pasado y presente continuo mientras te tenía un poco más cerca que antes, imaginando mudamente si algo de lo que bailaba dentro mío era compartido con vos. Eso sí que nunca lo supe, al menos, si era así en ese instante.
Lo cierto es que rompí con ese letargo de insatisfacción, me llevó un tiempo, pero pude.
Habían pasado varias noches desde aquella y cuando me quise dar cuenta no pude, no supe como quebré al miedo, a no poder mirar con los mismos ojos que antes, no tanto por mí, porque soy honesto y la vergüenza me pasa por otro lado, sino por vos, por qué pensarías cuando me diera vuelta, qué le contarías a los demás de un atropellado, un avasallante infeliz.
Pero no me importó, y repito, terminé con todo ese circo y cuando me quise dar cuenta ya teníamos historia, parques, tardes, canciones y perfumes.
Nada fuera de lo común, caminábamos la tarde entera, a veces por placer, a veces por precarios, los juegos eran simples, nos seguía conmoviendo una palabra deformada, incompleta, un apodo simpático, un código compartido, el resumen de alguna anécdota.
El tiempo pasó irremediable e irrefrenablemente. Julio pálido por el frío seco no era más que una constante que casi siempre me agradaba, me tapaba hasta la nuca, respiraba bajo la ropa, tan lejos del mundo táctil mientras el viento, ese que por televisión había sido anunciado un día antes, me rompía los labios y azotaba mis ojos.
El invierno también eras vos, eras el té de la tarde noche, cuando no sabíamos qué más hacer para pasar el tiempo y el frío.
Seis cuadras y media desde tu casa hasta la mía. A veces venías con algún regalo entre las manos y a veces el regalo eras vos, de repente y sin previo aviso aparecías librada a la suerte de mi ausencia. Sea cual fuere la excusa, esas seis cuadras y media eran la devoción plena, muda y por qué no ciega, si cuando era una sorpresa, no te esperaba en la puerta.
Me encantaban tus visitas. Cada día algo nuevo, una palabra, una canción, algún sentimiento que florece aunque no sea primavera. 

6 cuadras y media. (pte 2)




Para los dos, como para cualquier persona, el tiempo pasaba, lo habitual se iba tornando rutinario y así se disfrutaba un poco más el pedacito de tarde o noche que encontrábamos para dedicarnos atención, mientras se empezaba a sentir el candente hálito crepuscular de Enero y con él, el brotar de los sentimientos.
Entre tanta regularidad, una explosión repentina puede alterar cualquier sistema. Y por qué no un ínfimo cambio, un simple paso en falso que da a entender el presente.
Por eso hoy se torna casi imposible aceptarte acá, con los rayos del sol chocando simétricos contra el vidrio de la ventana, acá en tu cama y yo al lado, sin saber a qué recurrir, si a los recuerdos para reanimarte o a lo que me andaba pasando cuando no te veía, ya que ahora sí estaba más tiempo solo.
Nunca me le animé del todo a los recuerdos, máxime, imaginando tu impotencia, tu abstinencia.
De qué nos sirve recordar el parque,  las caminatas, los perfumes y todo eso, mientras me ves desde tu cama, distante, a punto de llanto, con la angustia pintada en los ojos y las preguntas… por qué fuiste a parar justo donde cuatro disparos se cruzaron, andá a saber por qué, qué azar decidió que no vayas por la vereda de enfrente y qué lastima que no te quedaste en casa y creo que más doloroso es saber que ya no escucho tus palabras, no las que salen de tu boca ahora inmóvil, observo las que garabatea tu frágil mano postrada, casi petrificada, guardando tantas caricias pidiendo a gritos su redención.
“Te amo” me escribiste casi ilegiblemente, me lo ibas a decir, supongo, esa tarde de Enero, esa tarde de disparos cruzados en la calle. Quizá por eso transitaste ese camino, para llegar a mí y al fin decirme “te amo” y esa fue la sorpresa asesinada, la mala suerte o el azar al que te lanzabas inocente cuando caminabas para darme una sorpresa, cuando caminabas esas seis cuadras y media desde tu casa hasta la mía.