jueves, 7 de julio de 2011

6 cuadras y media. (pte 2)




Para los dos, como para cualquier persona, el tiempo pasaba, lo habitual se iba tornando rutinario y así se disfrutaba un poco más el pedacito de tarde o noche que encontrábamos para dedicarnos atención, mientras se empezaba a sentir el candente hálito crepuscular de Enero y con él, el brotar de los sentimientos.
Entre tanta regularidad, una explosión repentina puede alterar cualquier sistema. Y por qué no un ínfimo cambio, un simple paso en falso que da a entender el presente.
Por eso hoy se torna casi imposible aceptarte acá, con los rayos del sol chocando simétricos contra el vidrio de la ventana, acá en tu cama y yo al lado, sin saber a qué recurrir, si a los recuerdos para reanimarte o a lo que me andaba pasando cuando no te veía, ya que ahora sí estaba más tiempo solo.
Nunca me le animé del todo a los recuerdos, máxime, imaginando tu impotencia, tu abstinencia.
De qué nos sirve recordar el parque,  las caminatas, los perfumes y todo eso, mientras me ves desde tu cama, distante, a punto de llanto, con la angustia pintada en los ojos y las preguntas… por qué fuiste a parar justo donde cuatro disparos se cruzaron, andá a saber por qué, qué azar decidió que no vayas por la vereda de enfrente y qué lastima que no te quedaste en casa y creo que más doloroso es saber que ya no escucho tus palabras, no las que salen de tu boca ahora inmóvil, observo las que garabatea tu frágil mano postrada, casi petrificada, guardando tantas caricias pidiendo a gritos su redención.
“Te amo” me escribiste casi ilegiblemente, me lo ibas a decir, supongo, esa tarde de Enero, esa tarde de disparos cruzados en la calle. Quizá por eso transitaste ese camino, para llegar a mí y al fin decirme “te amo” y esa fue la sorpresa asesinada, la mala suerte o el azar al que te lanzabas inocente cuando caminabas para darme una sorpresa, cuando caminabas esas seis cuadras y media desde tu casa hasta la mía.     

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