miércoles, 27 de julio de 2011

Llueve.

La noche húmedamente tibia, aprieta sus dientes hasta hundirse en sí misma.
Llueve, y el único remedio más dulce que la decadencia es precipitarme en las sábanas y su oleaje, buscarte donde te reinvente con otro aroma, donde quizás el rocío deshecho me acaricie la boca, mientras me pego al piso, me aferro con todas las garras al piso que tampoco es real, quedándome con tan poca cabeza para seguir a tu diálogo subconciente y al final creerlo ingenuamente, creer que estás conmigo y no estás en Buenos Aires, con tu misma voz (ahora lejana) y tu mismo pelo, con tu mismo temperamento y con tu ternura poco inocente y tu reloj de las siete de la mañana que espera al cumplimiento de su tarea para así ser el primero en verte y sentirte, qué envidia.
Nos une el silencio, la distancia. 
Nos une el amor.

1 comentario:

  1. Muy bueno,Bruno! Pasate por mi nuevo blog si querés http://escritoscirculares.blogspot.com/ Saludos, Claudio!

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