sábado, 17 de septiembre de 2011

Relato.

En el momento que la tarde se precipitó y se agolpo inevitablemente contra su espalda pensó de repente que sería necesario proyectar en un relato de esa misma sensación que producía el caer de la tarde contra sus hombros.
Indefectiblemente llegó a comprender que lo correcto era plasmar en un papel, en dos caras de una hoja lo que callaba cuando el día le ganaba la espalda, e ineludiblemente la obligación lo consumió por completo y de todo eso, surgió este relato.


Necesitarte no es nada menos que una constante que se arraiga a subjetividades. Se aferra desesperadamente al tiempo, al paso de las horas.
Esa constante dibujada, reproducida en la figura de tu nariz, de tus ojos y tu boca se desarma al comprender la perseverancia tangible, es decir, al tocarte, al tenerte y por fin tocarte.
La presencia lleva a la destemporalización inmediata, sabés, nos lleva silenciosamente al mero hecho de acostumbrarnos al recto sonido del segundero que se pierde entre voces y juegos y de repente son las seis y de vuelta a la automatización del cuerpo y la mente.
Y me apena dejarte atrás, vos entendés cuánto me apena, pero de todas formas lo hago, dejo atrás el momento táctil, y me cubro de ciudad, me tapo hasta la nuca con el afuera, con el aire que de repente encuentro agrio, porque entiendo que al lado mío hay gente y esa gente no sos vos, y tus labios no abrazaron al aire que mis labios están por abrazar, como fuera hace un ratito nada más, mi amor, y ya no existe la destemporalización inmediata, nada de eso.
Pero lo mismo te pienso y en todo ese cúmulo de tiempo que se traslada como arrastrando la planta de los pies y llega vagamente hasta la noche, existe un pedacito de intemporalidad absorbido por el aire, una reacción simultánea al descenso de los párpados, a esa obstrucción de la vista y vuelta a la introversión, al paisaje que tenemos pintado en las pupilas y cuando esa cortina maravillosa se cierra, comprendemos que con los ojos cerrados se ve la profundidad de las cosas, con los ojos cerrados todo se ve un poco mejor. 
Tu dibujo está en el aire, ahì, disperso entre oxígeno y humo de cigarrillo, que sabés que tan mal me hace, esparso tu dibujo que se mezcla con el humo y lo observo descomponerse mientras se expande hacia los lados, pero sigo remachándole la vista para sentirme un poco fuera del día hasta encontrar un hilo de conexión, un otro espacio simétrico al que nos compone parte por parte y nos hace ser humanos. 
Así, de a poco, termino por romper al brazo de la ausencia y creo no estar tan lejos de donde estás.
Destemporalizarse, refractar al menos uno o dos segundos hacia un agujero de la nada, y así, mi amor, forjar un puente, una casita hecha de abstracción y pensamientos, una casa que se llame Imaginarnos en la ausencia absoluta, dentro y fuera de las horas increíblemente tangibles, una casa que se llame destemporalizarnos, que se llame querernos, querernos hasta la médula.

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