jueves, 20 de octubre de 2011

Converger.

Cuánto del todo, 
de todo eso que acompaña a la palabra,
que va detrás como una tímida armonía,
hace falta para aniquilar al miedo, al hostigamiento.
Ni vos ni yo, sabemos exactamente.
Un poco porque somos y otro poco porque fui,
siempre la constancia de la piel entre los dientes,
el recuento de las horas, por detrás y por delante,
enterrando brutalmente la simpleza del momento.
Falta entonces comprender que el tiempo es sólo eso,
tiempo que pasa, florecimiento y muerte.
El perseverar de las cosas y su caída premeditada
desde lo más profundo de la vida, desde el comienzo.
Por eso no nos libramos de la regla que converge,
porque somos carne, hueso y sentimiento.
Pero a nuestro modo, levantamos desde el suelo
nuestro otro mundo posible, esa casita.
Y así nos vamos a la convergencia, concientes,
pero felices.

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