domingo, 20 de noviembre de 2011

Lila.

La utopía está en el horizonte. 
Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. 
¿Entonces para que sirve la utopía?
 Para eso, sirve para caminar.
Eduardo Galeano.

Los pétalos de las flores, lagrimitas color lila de los árboles, cubren el piso, forman un charco, un dibujo impreciso en el asfalto.
El aire se inunda de olor a tierra mojada, se respira lluvia y ansias.
Y esas ansias de tener el mundo y tu cuerpo en un solo lugar, (porque el mundo instantáneo es color lila contra el cemento), entran por mi boca y se agolpan de a poco en el pecho.
Esas ansias de revolución muda, de movimiento continuo y parejo hasta una puerta enorme, y una cerradura como un pasaje a la consumación del deseo, se escapan por los poros y los dedos, se escapan por entre las uñas y viajan hasta terminar sumergidas en tu pelo, mientras mis manos atraviesan lentamente ese dulce enredo para sostenerte la mirada fijamente y ver en tus ojos esa puerta, ese dibujito que no existe si no es dentro mío, dentro nuestro.
Todo eso tan lejano, tan diez paso más allá.
Y de repente es la tarde del sábado color lila, es primavera y cada pedacito de ese crepúsculo dura un poco más, tiene más gusto a noviembre y a salida al exterior, al día abierto que se entrega sin negarse, y el tiempo pasa, lento pero irrefrenablemente, permitiéndonos la locura de depositarnos en un naufragio de deseos, en un botecito lila con forma de pétalo, mientras diagramamos el futuro en la tarde, en las pupilas y en la boca y en el pelo, y en la puerta y en la cerradura.