martes, 6 de marzo de 2012

Deceso.

Quiero que Marzo golpee la puerta y deje caer una hoja marrón, que con su muerte seca grite crujiendo: -llegó el otoño-.
Y desde los transportes, la gente aglomerada como un estrépito de hormigas mire la ciudad con los ojos callados, a través del vidrio más empañado que ayer, y piense cualquier cosa, el devenir del día, lo que pasó ayer.
Cuando el deceso de la tarde abra sus alas, y sea viernes por la noche, donde el movimiento más vivo es aun la llovizna, y una dulzura tibia me tome por los hombros con la suavidad de las hojas de algún libro, mientras el pensar sigiloso del café sea la única compañía, voy a mirar con los ojos idos, casi muertos, a través del vidrio más empañado que hoy, y quizás piense también con la boca ciega qué estarás haciendo, a qué parte del mundo le estarás entregando los ojos y las manos, la mirada de prisma, la réplica de todo lo que tomo de vos como mío, arrancándolo inexorablemente de tu vida.
Lentamente un vago cansancio me entorna los párpados y me arrastra a rehacerte viendo el morir de una hoja, y pensando de cualquier modo el otoño que somos, el ritual del café cuando llueve, las bocas que se asoman tímidas al aire, el camino hacia cualquier parte del mundo donde baste sólo tiempo para ser, para estar, la cama como una bóveda donde el silencio oscuro es la calma y la devoción, y un lenguaje mutuo y construido a cuentagotas se desprende de las sábanas como partículas de polvo, todo tan lejano, todo a la distancia, pero siempre, a través de un mismo mundo, a través del mismo vidrio. 

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